Infelicidad

Si esperas que el mundo cambie para que tú seas feliz, esperarás mucho tiempo y seguirás siendo infeliz, no es el mundo que tiene que cambiar, basta que tú cambies y tu mundo será feliz.

Siempre esperamos que los padres, amigos, etc. cambien o mejoren para poder vivir en paz, cuando en realidad eres tú el que tiene que darse la oportunidad de realizar ese gran cambio, cada uno basta con tener la iniciativa de ser mejor en este mismo instante, de ser más compresivo, más tolerante, con los demás, en la medida que tú cambies ellos también cambiarán su comportamiento con respecto a tí.

Sólo Dios te dará ese impulso que necesitas para hacerlo, solo El es la fuerza que necesitas para superarte en todos los aspectos de tu vida, solo El que te conoce y te ama te fortalecerá en todo lo que siempre intentaste pero no lo lograste aún, pídele sabiduria para lograr tus objetivos, cree en El, cree que es el ser que más te ama y que está dispuesto a darte todo lo que le pidas siempre que le pidas con fe y sin dudar.

Confia en El, nunca te fallará.

Búscalo dentro de ti,… esta ahi, esperando que lo llames para ayudarte, inténtalo y obtendrás esa paz que tanto ansiaste.

En busca de la felicidad

Hoy me he sumergido en las frías aguas Atlánticas.

Protegido por el oleaje, escondido debajo de su manto, me hubiese gustado quedarme allí escondido.

En su seno me he sentido relajado.

Relajado de mis pesares por las caricias de una espuma de burbujas que conseguía que mi cuerpo se desvaneciese respondiendo a ese agua que se aferraba a mi piel.

Sintiendo.

Sintiendo sensaciones únicas, mágicas.

Lejos de tener temor, me sentía seguro, confiado.

Mi mente navegaba por un mundo irreal.

Un mundo donde era aceptado. Un mundo donde los tiburones me trataban con cariño.

Un mundo donde quedaban fuera las intromisiones intolerables de los peces parásitos.

En él no estaba Mónica ni su mirada de reproche cada vez que me levanto de la silla para acercarme a la ventana, y por un momento, descansar mi mente con ese paisaje gris urbano.

En él no estaba Clara ni sus chismorreos junto a la máquina de bocadillos.

Ni Lorenzo con esos chistes verdes que tanto le divierten.

Ni la jefa, ni su chulería.

Pero todo se acaba. Todo. Y tuve que salir al exterior.

Y volver a ser el mismo.

El mismo especialista en sonrisas fáciles, en depresiones compulsivas, en ser un intruso en un mundo que no es el mio.

Rebelde

De pequeño ya era rebelde. No soportaba actuar como las personas corrientes.

Tanto, tanto, que una vez, después de intentar coaccionar a mi madre para conseguir cualquier juguete caro de moda, y sin éxito, opté por el plan B.

El plan B consistía, ni más ni menos, que tirarme al vacío desde el segundo piso, sin entresuelo, en el que por aquel entonces vivía. Y así se lo hice saber a ella.

Dicen que las madres son sabias y quieren mucho a sus hijos, pero a mí, en aquella ocasión no me lo pareció.

Por lo menos lo segundo.

Recuerdo aún hoy aquella mirada seria.

Recuerdo aún hoy y ahora lo que me espetó, sin ni siquiera titubear, Está bien. Tírate.

El oír eso me hizo cambiar de idea. No cumplí la profecía y actué sobre la marcha siguiendo un, podríamos decir, plan C: encerrarme en mi habitación y sollozar nerviosamente.

fondo

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